“No, mi mamá no haría eso.”
El licenciado le mostró copias de los depósitos.
Pagos desde una cuenta ligada a una empresa de la familia Arriaga. Mensajes donde doña Teresa le pedía a Fernanda “mantener a Rodrigo ilusionado” hasta que el divorcio estuviera firmado. Audios donde hablaba de sacar a “la esposa inútil y esos niños” del departamento antes de que Valeria pidiera más.
Rodrigo leyó una línea.
Luego otra.
Su rostro se fue quedando vacío.
“Mi mamá sabía…”
“Tu mamá organizó parte de esto”, dije. “No porque quisiera a Fernanda. Porque quería controlarte. Porque para ella Mateo y Lucía nunca fueron suficientes.”
Rodrigo miró a los niños.
Lucía abrazaba mi pierna. Mateo no se acercó.
Eso le dolió más que cualquier papel.
“Valeria, perdóname.”
La frase salió tarde.
Muy tarde.
Yo sentí ganas de llorar, pero no por él. Por la mujer que fui. Por todas las noches que esperé esa disculpa como si fuera oxígeno.
“No te odio, Rodrigo”, dije. “Pero ya no voy a criar a mis hijos donde tienen que ganarse el amor de su propio padre.”
Él dio un paso.
“Déjame arreglarlo.”
“Arréglalo con ellos cuando seas un hombre que no necesita que una prueba le diga que sus hijos valen.”
Patricia lloraba en silencio.
Rodrigo se arrodilló frente a Mateo.
“Hijo…”
Mateo retrocedió.
“No me digas hijo ahorita”, murmuró.
Rodrigo se quedó congelado.
Ahí entendió.
No había perdido un departamento.
No había perdido una esposa.
Había perdido la confianza de un niño.
El anuncio del vuelo a Madrid sonó por las bocinas.