Salí de ahí con el corazón más ligero, agradeciendo a Dios que aún existieran personas de buen corazón en este mundo.
A la semana siguiente recibí la primera visita de Juana. Fue un jueves cuando menos lo esperaba. El timbre sonó cerca de las 3 de la tarde y cuando abrí la puerta, ahí estaba ella. Aún con el uniforme de la escuela, la mochila en la espalda y los ojos brillando de expectativa.
“Juana, ¿cómo llegaste hasta aquí, mi flor?”.
“Le inventé a mamá que tenía trabajo en equipo en casa de Mariana”. Se mordió el labio en un gesto que recordaba tanto a la abuela. “Sé que está feo mentir, abuelo, pero era la única manera”.
Abracé a mi nieta sintiendo una mezcla de alegría y preocupación.
“No quiero que mientas por mi culpa, mi flor. Tu mamá se va a enojar si se entera”.
“Lo sé, pero necesitaba verlo, abuelo. Ver si estaba bien”. Miró alrededor curiosa. “¿Puedo conocer su casa nueva?”.
“Claro que puedes. No es gran cosa, pero tiene hasta un cuartito esperándote para las veces que puedas venir a visitarme. Con permiso de tus papás, claro”.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
“¿Usted hizo un cuarto para mí?”.
“Claro que hice. Eres mi nietecita. Siempre vas a tener lugar en mi vida y en mi casa”.
Le enseñé la casita, la sala con la televisión nueva, la primera de pantalla plana que compré en la vida, la cocina pequeña pero funcional, mi cuarto sencillo, el baño adaptado con barras de seguridad, idea del doctor Mauricio, y finalmente el cuartito que había preparado para ella. Era sencillo. Una cama individual con colcha colorida que compré en el tianguis, una mesita de estudios, un librero aún vacío y una sorpresa en el rincón: una versión más pequeña de la casita de muñecas que le había hecho años atrás.
“Abuelo”. Corrió hacia la casita maravillada. “La hizo igualita a la otra”.
“No tan grande, pero hecha con el mismo cariño. No podía dejar a mis bisnietas de madera sin casa, ¿verdad?”, sonreí, refiriéndome a sus muñecas.
Juana pasó la tarde conmigo. Me contó sobre la escuela, sobre los amigos, sobre cómo estaba la situación en casa. Tensa, por lo que entendí. Daniel y Rafaela habían conseguido rentar un departamento pequeño en el fraccionamiento cerca del centro, pero el dinero estaba corto y las peleas eran constantes.
“Papá está buscando trabajo ahora”, me dijo mientras comía el pastel de elote que había hecho especialmente para ella. “De verdad, no solo de mentiras como antes. Mamá también está buscando. Dice que no va a trabajar de sirvienta de nadie, pero creo que no va a tener de otra”.
“El trabajo dignifica, mi flor. Nunca tengas vergüenza de trabajar honestamente”.
Antes de que Juana se fuera, le di un teléfono celular sencillo, de esos de prepago.
“Es para que me llames cuando quieras o necesites, mi flor. Ya grabé mi número. Escóndelo bien de tu mamá”.
“Está bien”.
Tomó el teléfono con los ojos muy abiertos. Nunca había tenido un celular propio antes.
“Gracias, abuelo”. Me abrazó con fuerza. “Voy a llamar todos los días”.
“No necesita ser todos los días. Solo cuando se pueda, sin arriesgarse”.
Juana guardó el teléfono en el fondo de la mochila y me dio un último abrazo antes de irse. Acordé con un mototaxi de confianza, el Césño, para llevarla hasta cerca de la casa de la tal Mariana para no levantar sospechas.
En los días que siguieron, fui reorganizando mi vida. Volví a frecuentar la iglesia de Guadalupe, donde Esperanza y yo nos casamos. Reencontré viejos amigos en el juego de dominó de la plaza. Empecé una huertita en el fondo del patio. Hierbabuena, cilantro, cebollitas, jitomates cherry. Poco a poco la casita fue tomando mi personalidad, mi estilo, volviéndose de verdad un hogar.
Juana llamaba casi todos los días, siempre a escondidas. Platicábamos poco, el saldo del celular era limitado, pero solo escuchar su vocecita ya alegraba mi corazón. De vez en cuando lograba visitarme, siempre con la excusa de trabajos escolares o paseos con amigos. Sabía que no era lo ideal animarla a mentir, pero era la única manera de mantener contacto con mi nietecita.
Fue en una de esas visitas, casi un mes después de la mudanza, que Juana llegó particularmente agitada.
“Abuelo, adivine. Voy a poder verlo en la escuela la próxima semana”.
“¿Cómo así, mi flor?”.
“La directora Concepción anunció el proyecto de los abuelos. Cada grupo va a recibir un abuelo o abuela para contar historias, enseñar cosas antiguas, esas cosas. A mi grupo le va a tocar usted”.
Sonreí agradecido de que el plan de doña Concepción hubiera funcionado.
“¿Y tus papás no van a impedirlo?”.
“No pueden. Es un proyecto de la escuela. Todos los alumnos van a participar. Mamá puso cara fea cuando le conté, pero papá dijo que no había como impedirlo, que era cosa de la escuela”.
Sentí una punzada de esperanza. Tal vez Daniel no estuviera totalmente perdido después de todo.
“Qué bueno, mi flor. ¿Y qué crees que deba enseñar a tus compañeros?”.
Los ojos le brillaron.
“Usted podría enseñar sobre construcción, cómo se hacen las casas, cómo se lee un plano, esas cosas. Nadie en mi salón sabe eso”.
Y así fue. A la semana siguiente, debidamente invitado por la escuela, fui a dar una plática de 2 horas con el grupo de segundo de secundaria. Llevé herramientas antiguas, pedazos de madera, pequeñas maquetas que preparé los días anteriores y hasta un proyecto sencillo de casa que dibujé especialmente para la ocasión.
Los alumnos, sorprendentemente, se interesaron bastante. En esa edad en que todo es tecnología, celular y computadora, las herramientas manuales, el trabajo artesanal parecían exóticos, casi mágicos. Expliqué sobre tipos de madera, técnicas de construcción, cómo calcular cuántos ladrillos se necesitan para levantar una pared, cómo garantizar que un piso no se hunda con el tiempo. Juana me miraba con orgullo desde el fondo del salón, los ojos brillando.
Después de la plática, doña Concepción me llamó para un café en la sala de maestros.
“Don Fermín, a los alumnos les encantó. Usted tiene un don para enseñar”.
“Qué va, doña Concepción. Solo hablé de lo que sé, de lo que hice toda la vida”.
“Exactamente por eso. Conocimiento práctico vivido, eso vale oro”. Dudó un momento antes de continuar. “Don Fermín, estamos pensando en expandir el proyecto. En lugar de visitas mensuales, podríamos tener algunos abuelos viniendo semanalmente como auxiliares en proyectos prácticos. ¿Tendría interés?”.
Mi corazón casi explota de alegría. Poder ver a Juana todas las semanas de forma legítima, sin necesidad de mentiras o subterfugios.
“Claro que tengo interés, doña Concepción. Sería un honor”.
“Perfecto. Vamos a preparar un cronograma. Usted podría orientar a los alumnos en proyectos de pequeñas construcciones, casitas de pájaros, miniaturas de casas, esas cosas”.
Salí de la escuela ese día sintiéndome más ligero que en muchos años. Finalmente, algo estaba saliendo bien en mi vida. Tendría un propósito nuevamente, enseñar lo que sabía a las nuevas generaciones. Y más importante, podría ver a mi nietecita regularmente sin crear más problemas en la ya complicada relación familiar.
Fue la semana siguiente, mientras me preparaba para mi primera clase oficial como maestro auxiliar en el proyecto de la escuela, que recibí una visita inesperada. Estaba en la cocina preparando un café cuando sonó el timbre. Al abrir la puerta me encontré con Daniel. Mi hijo estaba diferente, más delgado, con ojeras profundas, la barba sin rasurar. Usaba una camisa sencilla, descolorida, muy diferente de la ropa cara que acostumbraba lucir.
“¿Puedo pasar, papá?”. La voz era baja, casi sumisa.
ente como siempre. “Es mi papá. No puedo simplemente echarlo de su propia casa”.
“Esta casa ya podría ser nuestra desde hace mucho tiempo”. La voz de Rafaela tenía un veneno que me helaba la sangre. “Tu papá tiene 76 años, Daniel. ¿Hasta cuándo vamos a vivir así en esta casa vieja que necesita remodelación? Con él ocupando espacio y gastando su jubilación en tonterías”.
Me quedé paralizado, con la respiración atorada en el pecho. Mi propio hijo y su esposa hablando de mí como si fuera un estorbo.
“La jubilación apenas alcanza para sus gastos, Rafaela. Las medicinas están caras”.
“Medicinas. Medicinas. Siempre está comprando más medicinas. ¿Y tú crees que necesita todo eso? Apuesto que la mitad es capricho de viejo que quiere atención”.
Sentí una punzada en el corazón. Las medicinas que tomaba todas estaban recetadas por el doctor Mauricio, que me atendía desde hacía más de 20 años. Presión alta, diabetes, problema de próstata, todo documentado, todo necesario para mantener este viejo cuerpo funcionando.
“¿Qué quieres que haga entonces?”, preguntó Daniel. Y podía imaginármelo pasándose la mano por el cabello, como hacía cuando estaba nervioso desde niño.