Es importante aclarar, en primer lugar, que no existe una única respuesta, sino más bien una serie de factores que influyeron: en primer lugar, el bidé, inventado entre los siglos XVII y XVIII, tuvo muy poco éxito en Versalles, lo que provocó su rechazo casi total. ¿Por qué casi total? Porque estos bidés se instalaron en los burdeles franceses, donde las prostitutas los usaban para asearse después de ejercer su profesión.
Por lo tanto, la clase alta de la sociedad francesa decidió rechazar por completo el bidé, símbolo de degradación y de los sectores menos pudientes de la comunidad.
Así, entre nuestros vecinos franceses, surgió la asociación del bidé con el trabajo de la prostitución. En Italia, en cambio, la reina de Nápoles, María Carolina de Habsburgo-Lorena, exigió la presencia de uno en su baño personal, y desde allí su uso se extendió por toda la corte y, posteriormente, por todo el país.
Un ejemplo perfecto de cómo las tendencias impuestas desde arriba pueden influir en los hábitos sociales de toda una población, e incluso en su higiene personal. La decisión de la Reina de Nápoles puede considerarse, por lo tanto, el factor determinante en la ahora indispensable presencia del bidé en nuestros baños.

La historia del bidé puede considerarse, pues, uno de los primeros ejemplos de cómo las elecciones y los hábitos de las élites de una sociedad pueden influir significativamente en el estilo de vida de toda una nación.
Mientras que en Versalles este elemento se consideraba despectivo y vulgar, en Nápoles, por el contrario, se convirtió en una herramienta esencial para la higiene personal de la clase alta. La hegemonía económica y cultural de los sectores más adinerados de la sociedad se hace evidente, en última instancia, incluso en las esferas más íntimas de cada uno de nosotros.