Esta noche abrí el armario de mi mujer y encontré esto dentro. Llevo media hora mirándolo, pero sigo sin poder descifrar qué es. ¿Alguien lo sabe?

Sin embargo, la curiosidad venció al pánico. Me senté, agarré el teléfono y busqué. El resultado apareció en segundos, casi burlón por su sencillez: un aplicador de silicona. Una herramienta. Nada más. Solté una carcajada, temblorosa, una mezcla de alivio y vergüenza. En ese pequeño y absurdo momento, comprendí lo frágil que puede ser la confianza y con qué facilidad nuestros miedos pueden convertir un objeto común en un arma contra las personas que amamos.

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